Epílogo

Antonio Sánchez Diego, escritor de relatos cortos, nos ofrece, en exclusiva para El Graduado, un cuento, que en estos momentos turbulentos, a los graduados sociales nos muestra un camino que nos permita seguir adelante, como decíamos en el editorial que abre esta revista, y convertir nuestros sueños en realidad con cualquier cosa que llegue al alcance de nuestra mano. Recordad: solo importan los caminos en los que la armonía sea la protagonista.

Sueño

He comenzado dibujando un árbol, en realidad ya lo he convertido en algo mío, siempre me acompaña. Cuando las palabras no me fluyen, él me sirve de inspiración. Es como si arrancara de sus raíces invisibles la razón de su existencia en mi vida. Nació hace tiempo manejando con mi mano una plumilla endeble como una mimbre, y a base de hacerlo renacer una y otra vez, se ha hecho mi compañero y amigo. Inseparable en mi imaginación, a veces le siembro arbustos en su entorno que reverdecen, desde donde nace un camino sin fin que se pierde en el horizonte. Otras, dejo apoyarse y descansar sobre su tronco a un supuesto peregrino en silencio, un tanto desdibujado, entre pinceladas insinuantes e intención de reposo. No sé hasta donde llegaré de su mano, pero me gusta su compañía y sencillez.

Un día soñé con un bosque frondoso por el que caminaba, y según avanzaba, los árboles que iban quedando atrás desaparecían. Caminé durante largo rato con la misma sensación y sin intención de volver. Hubo un momento en que veía el final y pensé que si salía del bosque, me quedaría sin ningún árbol. Sentí una soledad extraña y me detuve. Pensé en regresar por si aparecían de nuevo; sin embargo, me apasionó mas lo que me deparara el futuro con todas sus incertidumbres. Me decidí a caminar de nuevo, y los árboles seguían desapareciendo a mi paso. Intenté tocarlos una y otra vez, pero solo acariciaba el aire que se perdía entre mis dedos. Avancé más y me senté junto al último apoyándome sobre él. Tuve sensación de seguridad, era estilizado y su corteza me fue familiar. Puse mi cabeza sobre una pequeña oquedad, acaricié con mis manos los restos de césped que había en su entorno palmo a palmo y pude observar que el camino seguía en cualquier caso sin retorno. Me sentí identificado con aquel lugar, hasta el punto que cambió mi nivel de percepción y el sueño se hizo realidad. Mi mano dibujaba en ese momento el último árbol de una fila difuminada, junto con su peregrino y un césped reverdecido. Era la hermosa realidad que al renacer a cada instante se había convertido en un sueño. El llanto y la risa convivieron en ese momento sumergidos en un viento que me embriagó sin temor. Desde entonces convivo con él de forma veraz, porque del manejo de aquella plumilla endeble como la mimbre, me ha quedado el pulso sereno que me permite seguir adelante y convertir mi sueño en realidad con cualquier cosa que llegue al alcance de mi mano.